|
EL PAÍS INTERNACIONAL
ENTREVISTA:
Grass habla de su pasado en la SS
“Mi
vergüenza creció al conocer los crímenes de la Waffen-SS”
HERMANN TERTSCH (ENVIADO ESPECIAL) – isla de Mon –
10/09/2006
“Era
joven, quería irme de casa y, en el fondo estaba de acuerdo“. El
escritor alemán Gunter Grass, premio Nóbel de Literatura y durante décadas
referente moral indiscutible en su país, explica así a EL PAÍS por qué
ingresó a los 17 años en la Waffen-SS, la organización nazi
responsable de incontables atrocidades en la época hitleriana. Grass
sostiene, sin embargo, que no fue consciente de esos crímenes hasta después
de la guerra, algo que hizo crecer en su interior “un sentimiento de
vergüenza“. “Y ahora que esto está en el libro [Pelando la
cebolla], tampoco crea que se acaba la vergüenza“, afirma.
Llegar
a este lugar en la última curva de un camino de arena bajo un arco de
hayas, abedules, fresnos y robles centenarios, en un bosque tupido ya
casi otoñal en esta reserva natural del patrimonio nacional danés, en
la isla de Mon, es imposible sin la complicidad de los anfitriones de la
casita de tejado de junco y ventanas azules con vistas al mar Báltico,
mirando hacia el este hanseático, hacia las costas de la antigua
Alemania Oriental, en Greisfswald y Stralsund, y, más allá, la vieja
Danzig, otrora prusiana y hoy polaca patria de Oskar Matzerath, aquel
niño repelente y demoledor que tocaba el Tambor de Hojalata.
Gunter
Grass, Nóbel de Literatura,
Príncipe de Asturias, con cientos de premios internacionales, la mayor
gloria viva de la literatura alemana, no ha venido a este rincón a
esconderse de la conmoción mundial, de los ataques, reproches, de la
indignación pero también solidaridad que ha generado con la revelación
en su autobiografía Pelando la cebolla de que, en los últimos meses de
la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la división Frundsberg de la
Waffen-SS, organización que cometió crímenes atroces. Durante 60 años,
ha explicado Grass, reprimió sus impulsos de sincerarse “por pudor
y voluntad de dar forma a la explicación”.
Mientras, ascendía hacia la gloria
literaria y se erigía en autoridad moral de la izquierda. Él sabe que
la ocultación les parece imperdonable a sus enemigos, deseosos de
liquidarle como polemista, pero también a amigos como el director de
cine Volker Schlondorff, que llevó al cine el Tambor de Hojalata, o al
escritor Erich Loest. Se debaten entre admiración y afecto, por un
lado, y decepción. Grass se refugia en esta isla desde hace tres décadas,
cuando se la descubrió su mujer, Ute, que iba allí a observar las
playas de la república comunista de la que había huido. “Ahora
los veranos son más secos, es el cambio climático”. Aquí escribe
y dibuja, su otra gran pasión.
EL PAÍS le visita cuando acaba de
regresar de las primeras lecturas públicas de su libro, en esa gran
casa de las letras alemanas que es el Berliner Ensemble y en la Nueva Ópera
de Francfort. Allí tuvo un público incondicional que acudía a
escuchar la brillantísima prosa de Pelando la cebolla, leída con
virtuosismo inigualable. Pero también a defenderle de cualquier ataque
y a perdonarle todo.
En una larga conversación al aire
libre con un periodista al que conoce desde hace muchos años, Grass
deja traslucir que, acostumbrado a ser jaleado y querido, acusó el
golpe de la crítica y la incomprensión en un principio, pero que ya
vuelve a ser casi el mismo.
Pregunta. Todos sus libros son
autobiográficos, pero en ésta su autobiografía de aquellos años
habla de lo que nunca dijo. No acaba de estar claro si está usted
sorprendido o no por el eco de sus revelaciones. ¿Qué reacción preveía?
Respuesta. Yo he tenido siempre
grandes reservas a escribir algo autobiográfico porque era muy escéptico
hacia la forma. El autor tiene que trabajar con sus recuerdos, con su
memoria. Y sabemos que la memoria tiende a embellecer situaciones, a
presentar cuestiones muy complejas de una forma lo suficientemente
simple como para hacerlas narrables. De ahí la desconfianza hacia la
propia capacidad de memoria y hacia mis recuerdos. Quería escribir a un
tiempo, tenía que ser una narración rota. Y con el tiempo le fui
cogiendo gusto a esta forma de narrar porque fui quitando estas pieles
de la cebolla, fui despegando capas y leyendo cosas entre ellas. Pero
además se hacía posible algo nada fácil, que era coger a aquel niño
del año 1939, una persona tan lejana ya de mí, y entrar en conversación
con ella. En principio, ella se niega a ser interrogada y tiene sus
secretos, pero se va logrando y, poco a poco, voy entrando en ella, capa
a capa, en la persona que crece encerrada en aquel sistema ideológico,
en la era nacionalsocialista.
Ahí se ve ese ritmo: con 15 años ya
estoy de uniforme en las Juventudes Hitlerianas; después, con el
uniforme de los ayudantes antiaéreos con las baterías; después, en el
Reichs-Arbeitsdienst (Frente Juvenil de Trabajo Nacionalsocialista); con
16, con 17, en mi estupidez, yo me había presentado voluntario a los
submarinos, y éstos ya no aceptaban a nadie y, cuando llamaron a filas
a mi quinta de 1927, me convocaron y, cuando llegué a Dresde, al
campamento de instrucción de tropas, pude comprobar que estaba en un
campo de entrenamiento de la Waffen-SS.
Yo entonces, por lo que sabía,
consideraba a la Waffen-SS como unas unidades de élite, que estaban
mejor equipadas que las demás, pero también que tenían siempre más
bajas que las demás. Eso se sabía. Pero yo era joven, quería irme de
casa. Y en el fondo estaba de acuerdo. Lo que después se puso en relación
con la Waffen-SS, todos sus crímenes, de todo eso no fui consciente
hasta después de la guerra. Eso tuvo mucha influencia en que este hecho
único, este episodio de mi vida, me lo guardara para mí. Está
relacionado con un sentimiento de vergüenza…
P. ¿Y aumentó con el tiempo?
R. Sí, este sentimiento de vergüenza
fue creciendo según iba viendo y sabiendo todos los crímenes de los
que eran responsables la Waffen-SS y lo que era la culpa general de
todo aquel sistema alemán que recaía sobre nosotros. Al dar mis datos
biográficos, también cuando me manifestaba públicamente y en mis
conferencias o artículos, nunca he ocultado que hasta el final de la
guerra yo creía en la victoria final [del nazismo]. Y en esta
cautividad ideológica no me parecía aquello una ocultación de algo
grave, sino de algo que yo tenía que solucionar conmigo mismo. Y ahora
que esto está en el libro, tampoco creo que se acaba la vergüenza de
haber estado en una unidad como ésta, aunque no me viera envuelto en
ningún crimen de guerra, gracias a Dios.
Sólo estuve poco tiempo en el frente
y la división en la que me encuadraba ya sólo existía en rudimentos,
estaba ya fraccionada; estuve en diversos grupos de gentes unidas casi
por azar, entre los que había Wehrmacht [Ejército], Waffen-SS,
Volkssturm [Defensa Popular] y hasta miembros de las fuerzas aéreas.
P. Muchos se preguntan cómo es
posible que, con lo que estaba sucediendo en esos meses en aquella zona
en la que usted se hallaba, con ejecuciones de prisioneros soviéticos,
con los soldados alemanes desertores o sospechosos de desertar colgados
en las alamedas o en las farolas de los pueblos como usted describe en
el libro…..
R. Sí, sí, eso lo cuento, allí
estaban…
P. ¿Pero cómo, cómo es posible que
estando dentro de la división nunca oyera a compañeros de la Waffen-SS
hablando de hechos semejantes ni tuviera noticia directa sobre los
mismos?
R. Para mí todo aquello, hasta
aquellos momentos, no me era patente, no era consciente de ello. Soy crítico
conmigo en mi propio entorno. Que es lo que es, en sí, el contenido del
libro. Y esto ya comienza al principio de la guerra, con mi tío.
P. Cuando ejecutan a su tío.
R. Sí, a mi tío, que estaba en el
servicio de correos polaco, lo matan, acusado de un acto de resistencia.
Con la muerte de mi tío desaparece también de nuestra vida la
totalidad de su familia. Los hijos de mi tío tenían mi edad y eran mis
compañeros de juegos, y después de esto ya no se volvió a hablar de
ninguno de ellos. Mis padres, de forma oportunista, impusieron el
silencio sobre la suerte de todos ellos, y yo no hice preguntas. Éstos
son los reproches que me tengo que hacer realmente. O cómo desapareció
un compañero mío de colegio. Después de la guerra me lo encontré y
supe que su padre había sido deportado a un campo de concentración, y
conocí la suerte de su familia. Tampoco entonces me pregunté nada. Ni
cuando detuvieron al profesor de Latín, un sacerdote católico que
desapareció también durante un tiempo en el campo de concentración de
Stutthof y volvió y no dijo nada. Y yo no pregunté. Eso siempre me ha
perseguido. O con aquel que en el Arbeitsdienst se negaba a tocar un
arma.
P. Eso lo cuenta en el libro, el chico
que dice que no y resiste tanto a los mandos como a la presión y al
desprecio de todos los camaradas hasta que también desaparece.
R. Sí, era un testigo de Jehová. Lo
admiramos y odiamos al tiempo porque sufríamos las consecuencias de su
resistencia. Ésas son las omisiones culpables que intento investigar en
el libro. Y para mí resultan más graves que las pocas semanas en la SS, en las que me vi envuelto sin voluntariedad.
P. Dentro de la conmoción que han
provocado sus revelaciones en Pelando la cebolla se pueden distinguir
los ataques lógicos de sus adversarios políticos y enemigos de
siempre, que ven llegada la ocasión ideal de zanjar cuentas, pero también
se distinguen claramente voces de amigos, Schlondorff o Loest por
ejemplo, que se quejan con mayor o menor amargura de que usted no ha
sido franco con ellos. Schlondorff dice que sigue admirándole y queriéndole,
pero que no le verá ya nunca más en el pedestal.
R. Se me puede criticar, y desde luego
yo voy a aceptarlo. Pero también reclamo para mí el derecho de
reservarme mis cuestiones hasta que encuentre fórmulas de expresarlas.
Por ejemplo, he tardado mucho tiempo en escribir Krebsgang (A paso de
cangrejo), en el que me ocupo de la suerte de los expulsados alemanes
[de los territorios orientales]. Eso tenía mucho que ver con el destino
de mis padres. Durante la ocupación soviética de la ciudad de Danzig
[actual Gdansk, en Polonia], mi madre fue violada repetidas veces por
soldados del Ejército Rojo. Para evitar que violaran a mi hermana, ella
se ponía una y otra vez delante, y para que la niña de 14 años no
fuera violada, ella lo fue de forma continua. Mi madre jamás habló
sobre ello, y sólo lo supe después de su muerte. Únicamente pude
hablar de ello al escribir ese libro. Ésa es la complejidad de este
proceso literario que se hace así en el paso (hacia atrás) del
cangrejo. Creo de verdad que es mi derecho.
No he dicho ninguna falsedad. Lo que
he hecho ha sido guardarme un hecho para mí mismo a la espera de
encontrar una forma de explicarlo, de articularlo literariamente. Esto
no podía hacerlo público con una confesión, sino que tenía que ser
narrado en el marco del entorno en el que crecí entonces.
Además, el Frankfurter Allgemeine
Zeitung (FAZ) -el diario que publicó la primera información al
respecto- ha presentado todo esto de forma errónea, porque no fue una
confesión que yo les hice a ellos. Al contrario, el libro ya lo tenían,
como todas las redacciones desde semanas antes, en ejemplares
adelantados de prepublicación. La oleada de indignación llegó porque
Schirrmacher (un editor de FAZ) publicó esa parte concreta. Acepto la
crítica; también respeto las expectativas decepcionadas. Pero nadie
puede impedirme que yo me guarde algo hasta articularlo como crea
necesario.
P. Hay quien dice que usted ahora se
bajará del pedestal y de dar porrazos morales a los demás.
R. Lo que pasa es que algunos han
querido utilizar esta ocasión para intentar liquidarme como ciudadano
político y dicen que me tengo que callar la boca. Eso, por supuesto, es
una estupidez.
P. Dicen que usted se ha arrogado una
autoridad, Schlondorff lo dice, que le será difícil mantener.
R. Yo jamás me he entronizado. Ni lo
he querido. Nunca he pedido esto. Ya se hizo esto con Heinrich Boll, lo
de presentarle como la conciencia de la nación. Y ambos nos negamos a
ello. ¿Qué conciencia voy a descargar yo y por qué?
P. Lo que pasa es que, como un texto
que tengo aquí delante, en una intervención con Juan Goytisolo en
Madrid, usted condena los silencios sobre el pasado nacionalsocialista
alemán con vehemencia.
R. Y es que siempre he hecho lo
contrario. En mis libros y en mis discursos políticos siempre se habla
de ello. Y también he hablado siempre de mi implicación como hombre
joven en el sistema. Nunca hice de ello un secreto. Y me he preguntado a
mí mismo, porque si hubiera nacido tres o cuatro años antes me habría
visto envuelto con toda seguridad en estos crímenes. Esto les pasó a
muchos. Por eso, lo mío [no haberlo hecho] no es ningún mérito. Pero
es mi derecho también el manifestarme en contra de que antiguos
nacionalsocialistas de relieve llegaran a puestos dirigentes y que un
nazi importante como Hans Georg Kissinger llegara a canciller federal. O
que el Gabinete de Konrad Adenauer tuviera muchos miembros que habían
sido del partido nazi y en puestos destacados. Es mi derecho, y lo
mantengo hoy.
P. Ni Thomas
Mann, ni Heinrich Boll,
ambos Premio Nóbel también, ni Gottfried Benn, tres monstruos de la
literatura alemana del siglo XX, han llegado a tener la repercusión, la
presencia social que ha tenido usted. ¿La siente peligrar tras este
libro y los ecos que ha tenido?
R. Yo no puedo valorarlo. Yo nunca he
querido ser una institución, yo siempre he sido celoso de defender mi
posición como ciudadano que ha entendido las lecciones del tiempo que
le ha tocado vivir, que ha entendido que esta democracia nos ha sido
regalada y que había que aprovecharla. Porque la democracia de Weimar
se fue al traste por la lucha política, por las luchas del poder, y así
se convirtió en botín de los nacionalsocialistas. Yo lo sé y lo digo
en el libro, y perdone que vuelva al libro, pero está la escena del
trabajo en la mina en la que se produce una pelea y los comunistas y los
nazis forman una alianza contra los socialdemócratas. Y es ahí donde
veo la escenificación del fin de la democracia de Weimar. Aquello eran
lecciones, aunque tardara después en convertirme en hombre político.
P. Muchos miembros de su generación
literaria, el Grupo 47, en la posguerra, por edad, venían del frente.
Acabo de leer unas declaraciones de Marcel Reich-Ranicki en las que se
plantea el antisemitismo de parte del grupo.
R. Eso es un perfecto disparate. En
primer lugar, había en el grupo toda una serie de judíos. Gracias a
Dios no había filosemitismo. Pero nos tratábamos como compañeros
todos. Lo que pasa es que había muchos que habían sido soldados y tenían
sus experiencias, y se estaba en un proceso de aprendizaje que había
que hacer. Lo que en todo caso se rechazaba en el Grupo 47 eran textos
ideológicos. Allí no habría tenido oportunidad alguna ningún neonazi
ni tampoco un comunista dogmático.
P. El quiebro hacia la izquierda
totalitaria, y en muchos casos después a la decepción con la misma,
forma parte de su generación intelectual europea. Usted nunca tuvo
veleidades comunistas. Su amigo Erich Loest, del que hablamos antes, pasó
directamente a los comunistas desde la juventud nazi. Usted, sin
embargo, siempre estuvo con Camus frente a Sartre.
R. Loest estuvo en la Werwolf
[organización nazi formada para acciones de insurgencia terrorista
contra los aliados tras la derrota en 1945], se hizo comunista y después
pasó en Bautzen (cárcel de la RDA) más de siete años. Alemania tenía
una singularidad, especialmente respecto a Francia, por la ocupación
soviética de la RDA; los comunistas en el Oeste jamás tuvieron la mínima
oportunidad. También en el contacto con los escritores del Este, aun
con los simpatizantes con el régimen, se notaban las dificultades que
tenían con la censura. Y lo que sufría [la poetisa] Christa Wolf, por
ejemplo.
P. La tragedia está en que los
archivos han demostrado que Christa Wolf fue informante de la Stasi
[policía política de la RDA].
R. Sí que lo fue, pero sólo al
principio y sin comprometer realmente a nadie. El trato con estas fichas
de la Stasi de repente puso bajo sospecha a todo un pueblo. Fue un
disparate. Yo siempre supe que fui espiado por la Stasi. Vivía en Berlín
y pasaba mucho al Este. Me he negado a ver las fichas. No quiero saber
quién lo hacía porque no me considero dañado. Los informantes no tenían
nada que ver con la prohibición de mis libros. Ahora, periódicos del
grupo Springer dicen que yo he revelado mi paso por la Waffen-SS por
temor a que lo hicieran otros a partir de los archivos de la Stasi. Un
auténtico disparate. Allí han salido ahora 500 páginas sobre mí que
revelan que siempre me vigilaron.
P. Han surgido voces exigiendo que se
le retiraran premios. Ni con el Nóbel ni con el Príncipe de Asturias
han tenido eco, y en Polonia ha recibido una gran satisfacción con el
apoyo del alcalde de Gdansk y de muchas personalidades de la transición
polaca, que recuerdan la labor a favor del entendimiento de quien nació
en una ciudad alemana hoy polaca.
R. En efecto, el alcalde Abramowicz ha
tenido un gesto que yo agradezco. En Polonia hay ahora un Gobierno
populista de derechas que busca, como los comunistas antes, esa
propaganda con la imagen del enemigo en Alemania.
P. El enemigo exterior y el enemigo
interior. El pasado como instrumento político. En Polonia y en España
se utiliza contra las transiciones a la democracia.
R. Hablar del pasado no puede suponer
saldar cuentas presentes. Eso es el abuso del pasado sacado de contexto.
Es una demagogia que también tuvimos aquí en Alemania. El canciller
Adenauer difamaba a Willy Brandt llamándole “hijo de madre
soltera”, lo que entonces aún funcionaba. Y jugaba con la
ignorancia de la gente aludiendo a contactos de Brandt con el POUM en la
Guerra Civil para sugerir contactos con los comunistas soviéticos,
cuando el POUM fue víctima de Stalin.
P. Joachim
Fest, biógrafo de Hitler,
publica también sus memorias. Dice que no se fía ya de usted.
R. Sí, dice Fest que no me compraría
un coche usado. Yo jamás he hablado de él, pero creo que es el último
que puede decir algo después de escribir un libro dando por bueno todo
lo que le decía Albert Speer [ministro y arquitecto del nazismo], al
que presenta como un nazi caballeroso. Ahora sabemos que Speer estaba
informado de la Conferencia de Wannsee [donde en 1942 se decidió la Solución
Final del Holocausto] y que estaba implicado en la expropiación
de bienes judíos. Fest es el último que puede hablar críticamente de
esto.
P. Ha dicho que los ataques le habían
llegado a suponer una “amenaza existencial” y que lo ha
superado gracias a los apoyos de los amigos. ¿Este libro le ha cambiado
más que los otros?
R. Sí, los primeros días han sido
muy difíciles. Se me ha querido liquidar como persona y callarme para
siempre. Pero después me ha llegado comprensión y muestras de apoyo de
escritores y de gente que ni conocía. Ahora, con el libro publicado, me
llega el aliento de los lectores. Y es cierto que este libro me ha
cambiado más porque a través de la escritura sí me he acercado más a
mi padre y a mi madre. A mi padre siempre le tuve mucha distancia, y
ahora me es más cercano, pero además he tenido que escuchar como no
había hecho antes a ese egocentrismo del joven.
P. Para terminar, hablemos de otro
joven que se topó en el campo de prisioneros. Está seguro de que ese
Joseph era el actual Papa Benedicto XVI.
R. Ha sido una cosa curiosa que me ha
sucedido durante el proceso de escritura. Yo estaba recordando a un
joven, también de 17 años, con el que en Bad Elbling, un campo con más
de 100.000 prisioneros, había escarbado una covacha y habíamos tensado
por encima una tela que él tenía y nos protegía de la lluvia. Ambos
teníamos hambre, yo había conseguido unas migas y nos juntamos y pasábamos
el tiempo hablando de todo. Él era rigurosamente católico, en sí un
chico cariñoso, pero muy fanático, fanático de una forma tímida católica.
P. Pero si en aquella época el fanático
era usted.
R. No, qué va, yo ya no creía.
Aunque llegara de una educación católica.
P. Me refiero a la ideología.
R. No, es que no hablábamos de
ideología, sino de cuestiones de fe, de la Inmaculada Concepción y
esas cosas. En todo caso, cuando fue nombrado, viendo su biografía, que
había estado en baterías antiaéreas y fue prisionero de guerra en Bad
Eilbling como yo… Y me acordé de Joseph. Era bávaro. Por eso pudo
salir en libertad, porque tenía un domicilio que dejar registrado. Yo
no tenía porque mi casa quedaba allí lejos. En Gdansk.
“Han
sido días muy difíciles. Se ha querido liquidarme como persona y
callarme para siempre“
“Entro
capa a capa en la persona que crece encerrada en aquel sistema
ideológico en la era nazi“
“La
memoria tiende a embellecer y simplificar cuestiones complejas
para hacerlas narrables“
“Veía
a la SS como unas unidades de élite, mejor equipadas y que
sufrían más bajas que el resto“
“Si
hubiera nacido 3 ó 4 años antes me habría visto envuelto con
seguridad en estos crímenes“
“Nunca
he querido ser una institución. Siempre he querido defender mi
posición de ciudadano“
“Mi
madre fue violada repetidas veces por soldados rusos. Me enteré
después de su muerte“
“No
podía hacerlo público. Debía ser narrado en su contexto, y
eso pasa en el libro“
“Joseph
era un prisionero de mi edad en Bad Eilbling, bávaro, fanático
de forma tímida, católica“
“Este
libro me ha cambiado, porque a través de la escritura me ha
acercado a mis padres“
|